Por Ignacio Cagliero. El joven sastrense cursa el último año de Periodismo en Rosario. La nota fue publicada en el MundoRaro.com.

 

Es 29 de enero pero el calor exagerado que venía acechando toda la semana se hace más tímido cerca de las once de la noche. Adentro del Liceo Municipal un grupo de chicas se esfuerzan para terminar los trajes que se usarán la noche siguiente. Afuera, alrededor de 40 músicos ponen a punto sus instrumentos. En un instante marcharán tocando por la avenida principal del pueblo hasta la plaza. La “bajada” es la primera vez que se hace y es un adelanto de lo que se vivirá en el pueblo durante cuatro noches. La gente espera ansiosa en las veredas. El pueblo se paraliza ese viernes a la espera de la comparsa “Penambí Berá.

Se escuchan tres silbatos que marcan el ritmo y la fiesta comienza. Bajo la mirada aún fresca de “Toto” Strada y Pedrinho, desde el mural recién pintado en el Liceo, los músicos emprenden su marcha. En el centro Oeste de la provincia de Santa Fe, Sastre está por dar a luz un nuevo Carnaval, el más importante de la provincia. Sastre es la capital provincial del Carnaval.

La plaza, centro y referencia del pueblo, es el lugar de encuentro para el Carnaval. Las carrozas y pasistas desfilan por dos calles unidas por rotondas. En frente, el escenario principal desde donde la música, en vivo, suena para todo el predio.

El primero en aparecer es el Rey Momo, el dios de la burla y la locura. Alma del Carnaval sastrense. Cada año, la llegada del Rey Momo marca el comienzo de la fiesta carnestolenda, que durará cuatro noches y que finalizará con su muerte a manos del fuego. Una carroza mecanizada de unos tres metros de alto lo representa, sentado, sonriendo. Esta vez, en su papel de Juglar, lleva un libro gigante con la temática de este año: “Cuentacuentos”. Todo está predispuesto para que la fiesta popular nos remita a las viejas historias que leíamos o escuchábamos de chicos.

Detrás de la carroza, una chica con un vestido blanco baila lentamente. Unos libros antiguos posan sobre su pollera que ocupa un espacio grande hacia los costados. A unos metros otra chica, también de blanco, baila a su alrededor. Tiene un espaldar con ramificaciones que se mueven al compás del baile y disparan destellos de luces fluorescentes en blanco y en tonos azulados. Representan al escritor y su musa para la creación artística. La magia de los cuentos empieza a desplegarse sobre el Carnaval.

El Carnaval en Sastre se celebra casi desde principios del Siglo XX, pero es en 1962 que comenzó a tener una organización formal. Cuando el Presidente de la Cooperadora de la Escuela Nº 803, Octavio Strada, más conocido en el pueblo como “Toto” visitó Brasil en unas vacaciones, quedó enamorado del Carnaval Carioca y las fiestas que allí se vivían. Desde entonces, trasladar esa idiosincrasia musical y festiva a Sastre fue lo que lo movilizó.
Si bien Sastre poseyó desde siempre una tradición musical, sobre todo con instrumentos de viento, los ritmos brasileros no llegaban hasta esta zona. En el año 63 fue que Toto, su primo Olindo y algunos vecinos sastrenses, viajaron hasta Porto Alegre en busca de Pedrinho y su orquesta con dos objetivos: que actúen en el famoso Carnaval “Gran Carioca”, y que transmitan sus conocimientos a los músicos del lugar.

Desde allí, el samba, el frevo, el axé y los estilos brasileros laten en los corazones sastrenses. Desde entonces en el escudo del pueblo figura un antifaz en representación de la fiesta. O por lo menos es el cuento que, al igual que la Cenicienta o Patito feo, nos cuentan nuestros abuelos, los juglares más lindos que existen…

La comparsa Penambí Berá cuenta con alrededor de cuarenta músicos distribuidos entre percusión y vientos. Repiques, caixas, surdos, cajitas y chapitas por un lado. Por el otro, saxos, trompetas y trombones, forman la cuerda de vientos. Guitarra, bajo y cavaquinho completan la orquesta. Una voz masculina y una femenina interpretan los temas cantados. Los nombres de los instrumentos ya nos dicen algo: la impronta brasilera con la que soñaba Toto, y que Pedrinho hizo realidad, siguen vivas 54 años después.

Toda esta ensalada musical es coordinada y guionada por su director Leandro Valdez que con un silbato y dos palitos distribuye órdenes hacia todo el escenario. Son el reloj y corazón del carnaval. Cada noche arranca cuando los repiques lo indican, y no marcan el final hasta que la última pasista haya concluido las tradicionales dos vueltas al predio.

Los músicos no están exentos a la temática del carnaval. Visten un pantalón azul y una chaqueta roja con botones y detalles dorados. En la cabeza, un gorro azul de granadero que los transforma inconfundiblemente en soldaditos de plomo. Al igual que en el cuento, cuando la música suena, los cuerpos vibran, cobran vida y la rigidez queda a un lado. Casi dos horas tocando ininterrumpidamente, donde además se canta y baila. Cuando los cortes salen bien, se desata una fiesta de saltos arriba del escenario y cuando el cansancio va ganando terreno inmediatamente comienza la arenga “Vamos vamos ooooh oh oh oh oh”.

Casi todas las comparsas tienen un himno. Ese emblema que cuenta su historia, su esencia, y que las diferencia de las demás. Desde el año pasado, Penambí Berá tiene el suyo, y todos coinciden en que es una deuda propia saldada. Ahora, cuando febrero está a flor de piel, en las cabezas sastrenses retumba el pegadizo…

“Oh Penambí Berá,
mariposa brillosa, reina de la alegría
Sastre se vuelve color, todo el mundo a cantar,
que llegó el carnaval”

Hay una coordinación entre músicos, armados de trajes, y coreografías que hacen de la fiesta un verdadero show. Cada cuento está representado de manera tal que no solo lo visual es lo que llega, sino el mensaje, la moraleja.
Más de 30 niños y niñas disfrazados con plumas amarillas, se mezclan entre cinco chicas que representan el cuento del “Patito feo”. Con vestidos azules y plumas blancas realizan una mini coreografía. Detrás asoma una carroza, donde los patitos, ya transformados en cisnes bailan el famoso ballet de los pequeños Cisnes, pero interpretada en samba brasilera. ¿La música? Siempre en vivo y de Penambí Berá.

En Patito feo, los niños son los anfitriones, y no es casualidad. “…como cuento de hadas, trae la esperanza de que las diferencias, en lugar de ser consideradas defectos, sean cualidades especiales que el futuro premiará”, dice el locutor desde arriba del escenario.

La perfección de los trajes es máxima con Alicia en el país de las maravillas. Colores, plumas y los mejores detalles danzan sobre los bailarines del pueblo que se ajustan perfectamente a cada personaje. El sombrerero, conejo relojero, las cartas, reina roja, los guardianes. Todos tienen su lugar en el carnaval. Hasta la “mesa del té” donde Alicia festeja su NO cumpleaños. Allí teteras, tasas, y vajillas que parecen hechas de la porcelana más fina, posan junto con tortas y bocaditos refinados, y bailan al ritmo de Porota Ormeño y sus 75 años. Todo hecho de material descartable.  La perfección de cada detalle es tal, que los más pequeños buscaban arrebatarle a Porota los “muffins” para comérselos…

Detrás, asoma Blancanieves bailando, escoltada por seis brujas. Todas de un color rojo fuerte y con algunos detalles en amarillo. Una capa negra les impregna un toque de “maldad” de la que ninguna bruja está exenta. En la mano, exhiben una manzana. Cuando llegan al escenario posan de cara a la gente y esperan el momento. La percusión corta unos segundos para luego sumarse a los vientos que soplan una melodía de lo más pegadiza. Se escucha “La mordidita” de Ricky Martín. Las brujas hacen su “coreo”. Está todo pensado.

Con el mismo entusiasmo y espíritu festivo, seguirán decorando la noche Cenicienta, Hansel y Gretel, Aladino, el flautista de Hamelin y los Cuentos Chinos. Si bien, Penambí es la comparsa principal, también acompañan otras dos: Los “Aré Puré” y los chicos de “Puro Amor”. Todos son parte del Carnaval, todos tienen algo que mostrar, y todos se llevan los aplausos de la gente que, desde un costado de la calle, disfruta con atención los detalles de los trajes y las coreografías que se van desplegando.

Sastre es uno de los tantos pueblos de la Pampa Gringa fundados por inmigrantes europeos que venían escapando de la primera Guerra Mundial, o que viajaban a Argentina a hacer “La fortuna”, y que se asentaban en los alrededores de las estaciones de tren. En esas tierras había una particularidad: se cruzaban dos líneas férreas, lo que lo llevó a ser cabecera del departamento San Martín con sólo 14 años de vida. Por estos años, donde el tren es una cosa del pasado, el edificio de la vieja estación funciona como Liceo de enseñanza de distintas disciplinas: danzas, ritmos, canto, banda y escuela de música. Todo de forma gratuita.

El Liceo es un engranaje fundamental del Carnaval. Primero como semillero: tanto los alumnos ligados a las danzas como los que se acercan a aprender algún instrumento tienen un destino cuasi marcado, la Penambí Berá. Y segundo, como Bunker creativo. Allí se diseñan, confeccionan y guardan los trajes que serán utilizados durante las noches de fiesta. Además es el lugar de ensayo para músicos, pasistas y coreógrafas.

De diciembre a febrero, está abierto prácticamente todos los días. Y ahí trabaja Nicolás Molineris, la cabeza creativa de la temática de este año, bordando, cosiendo, pegando, cortando y dirigiendo un grupo de trabajo de gente que se acerca a colaborar. Entre ellos, Milagros Mancilla, encargada de las distintas coreografías que se pueden observar en una noche. Tiene 16 años, ojos claros y pelo castaño. Baila ininterrumpidamente en el carnaval desde que tiene tres. “Lo que se busca es que, además de lo que se muestra, a la gente le llegue una idea. Por ejemplo, en Blancanieves, la coreografía se hace mostrando manzanas. Es el elemento a destacar”, explica y agrega: “Pero para eso tenemos que hacer trabajo coordinado con Nico, por la parte de los trajes, y con Lea, por la música”.

Otra tradición de la fiesta sastrense es elegir, cada año, a la Reina del Carnaval, que representará a Sastre en las fiestas a lo largo y ancho de la provincia. Cada institución del pueblo presenta una chica de entre 15 y 19 años para que compita. Milagros se postula, junto con otras once chicas más. Ella representará a Penambí Berá. “Dudé muchísimo, porque no es algo en lo que estén abocadas todas mis energías, requiere mucho compromiso. Pero no se le puede decir que no a esta banda” dice Milagros, dejando ver un sentido de pertenencia no solo con la comparsa, sino con la fiesta popular en sí.

Un par de horas más tarde, Milagros saluda sonriente desde arriba del escenario. Los caixas y surdos resuenan desde abajo, mezclados con la gente que se agolpa frente al escenario. Resuenan sin ritmo, la intención es hacer ruido, quilombo. Su representante acaba de ser elegida segunda princesa de los Carnavales 2016 y la están coronando.

La ceremonia sigue inmediatamente y Abril Sanchez es elegida primera princesa. Finalmente, el momento de la noche. Las caixas marcan el suspenso con un típico repiqueteo cortito de los palitos sobre el parche. Desde los altoparlantes el suspenso los ponen los locutores “Es reina local de los carnavales edición 2016, la candidata número… DOCE, Solana Dechiara”. Penambí explota nuevamente. Sastre es Carnaval, y el Carnaval ya tiene su reina.

Según la grilla de los carnavales, hoy 13, es la última noche. Pero en realidad habrá una más. Las lluvias retrasaron todo un fin de semana. De todas maneras, el Rey Momo ya tiene su destino marcado.
La última noche (en este caso la penúltima) siempre es especial. Este año contó con la presencia del gobernador de la provincia Miguel Lifschitz quien fue declarado “Huésped de honor” y se comprometió públicamente a brindar apoyo económico en 2017 para que los Carnavales sigan creciendo. Pero sobre todo es especial porque marca la finalización de un ciclo y el comienzo de uno nuevo.

En las antiguas fiestas saturnales, los romanos ya veneraban a “Momo”, dios de la burla y la locura, famoso por divertir a los dioses del Olimpo. En la edad Media ya eran comunes estas celebraciones en donde la gente se disfrazaba y gastaba bromas en los lugares públicos. La Iglesia Católica intentó poner un freno a estas fiestas pero no lo logró y finalmente el Carnaval fue incorporado al calendario católico. El Carnaval es “un período de excesos permitido antes de la abstinencia de Cuaresma”. Hoy en día, el feriado de Carnaval desemboca en el Miércoles de Cenizas. La quema del Dios Momo simboliza el lavado de los pecados cometidos durante los días de festejos y la pureza para entrar a esa cuarentena de días en donde los excesos están prohibidos. De ahí lo de fiestas “carnestolendas”, en latín “quitar la carne”.

En el sector norte del predio, el Momo cuelga en lo alto desde un palo de hierro. Está sostenido por un gancho que sale de su corona. Mira de cara a la gente que se agolpa detrás de una cinta de seguridad. Tiene los brazos abiertos y una sonrisa burlona, como la de quien sabe que de todas maneras se le puede reír al destino.

A la zona restringida donde se encuentra el Momo sólo tienen acceso unos pocos privilegiados: Penambí Berá, los bomberos, y los empleados y autoridades municipales. Antes de la quema, un grupo de chicas bailan haciendo una coreografía mientras le ponen suspenso al momento épico. Luego todos se alejan a una distancia prudente. La música de Penambí sigue sonando, pero ya no desde el escenario, sino a unos pocos metros del Momo. Llegó el momento. Dos personas caminan hacia el bufón gigante. Llevan, cada uno, una escoba prendida fuego que funciona como antorcha.

En ese momento es imposible que los sastrenses no piensen en Toto. No por su amor y vocación al Carnaval o por ser uno de los responsables de que la fiesta sea el orgullo del pueblo. Sino por su trágica muerte. En el año 72, Toto era el que emprendía la caminata hacia el Momo, con una antorcha en la mano. Un infarto al corazón no le permitió llegar. En una de esas ironías del destino, la persona que le dio vida al Carnaval en estas tierras, murió a los pies del Rey Momo que lo veía todo desde las alturas. Ante la tristeza de la historia, que parece de cuentos, una pensamiento viene a la mente: Murió haciendo lo que le gustaba, en el lugar que amaba.

La expectativa crece al ritmo de Penambí cuando las antorchas y sus llamas se acercan a los pies del Momo. Los flashes de los celulares y cámaras intentan capturar el momento en que el armatoste de hierro sea una sola llamarada de fuego. Pero al cabo de unos minutos el Momo sigue intacto ante los esfuerzos de los dos muchachos. La gente está confundida “¿Qué pasa?, siempre prende rápido” dice una señora que tiene primera fila detrás de la cinta de seguridad.

Las antorchas se apagan, y las dos personas se retiran para volver a encenderlas y regresar por un segundo intento. A esa altura, el nerviosismo aumenta. Penambí sigue con su música y ya ha incorporado cantitos “El momo se la aguaaanta, el momo se la aguaaaanta”. Un bombero se acerca a intentar prenderlo, y al rato se suman los otros dos muchachos. Son tres en la escena, pero no hay forma. Aunque sólo es un muñeco, da la impresión que la sonrisa es cada vez más picara. Aunque seguramente es la sensación que deja el momento…

Desde el altoparlante, el locutor informa que el Momo finalmente se va a quemar la semana que viene, correspondiente a la noche suspendida. La gente empieza a desconcentrar el lugar y se dirige nuevamente hacia el escenario, donde en un rato empezará la parte bailable de la noche con la presentación de unas bandas de cuarteto. Los más escépticos dicen que el Momo no prendió porque no estaba bien preparado, que no tenía pasto seco adentro y por eso no pudo hacer combustión. Otros, los que entendimos la temática del Carnaval, preferimos seguir creyendo en los cuentos de hadas. Preferimos creer que en realidad, ese muñeco gigante tiene vida, y que sabe exactamente que no puede morir si aún falta una noche. Que las almas de Toto, de Pedrinho, de Olindo, y de todos los sastrenses que aman el Carnaval descansan cada año en su panza grande, a la espera de ser liberadas por el fuego. Y que reencarnarán año a año en la esencia de un nuevo Momo.

En definitiva, el Momo esa noche no murió, y por lo tanto el Carnaval aún no termina. De todas maneras, aunque no se queme nunca, es lo mismo. Porque en Sastre todo el año se respira Carnaval.

Ignacio Cagliero