Hoy tengo necesidad de poner por escrito algunos de mis pensamientos.

Algunos sectores de nuestra ciudad y por razones naturales, ha soportado un corte del suministro eléctrico por espacio de casi 36 horas; este arco de tiempo permitió que razonara sobre algunas cuestiones, por ejemplo: cuánto se valora un servicio o un bien cuando uno no lo tiene, aunque sea por poco tiempo, pero, también en nuestro país hay muchísimas personas que no tienen electricidad desde hace varios días; (esto debido a la negligencia o incapacidad para gestionar servicios públicos y que se viene sufriendo desde hace varias décadas). En nuestra ciudad muchos ciudadanos a raíz de las copiosas lluvias del viernes 19, sufrieron mucho más que cortes eléctricos, tuvieron que ser llevados a lugares seguros porque las aguas invadieron sus hogares; no caben dudas que la comunidad mostrará su solidaridad socorriendo a estas personas.
Mis pensamientos fueron más allá al recordar a aquellos que no solamente no tienen electricidad, sino que tampoco tienen gas, no tienen casa y no tienen adónde ir (caso refugiados) a los cuales son pocos quienes los quieren. Este torbellino de recuerdos, trajeron a mi mente un artículo que leí en la revista Ciudad Nueva Nº 571 de diciembre de 2015 pág. 25, sobre Nelson Mandela, artículo del cual extracté lo siguiente y que deseo compartir con ustedes, cito:
“Según el espíritu de Mandela, en un proceso inédito de pacificación se puso la atención en las víctimas con una justicia reparadora o restaurativa: los victimarios, con el relato de la verdad de los hechos, restituían la dignidad a las víctimas y a su vez podían convertirse en ciudadanos libres de una nueva democracia. Se buscó generar un clima de confianza, ya que todos debían formar parte de la solución, y tender no un muro sino un puente entre el pasado y el futuro. El propósito fue curar, restaurar la dignidad de las víctimas y no castigar a los culpables. La condición era que el victimario reconociera los hechos y relatara la totalidad de lo actuado. El reconocimiento fue también colectivo.
La Constitución de 1995 de Sudáfrica dice: “Nosotros el pueblo de Sudáfrica reconocemos la injusticia de nuestro pasado”. Se trataba de saber mantener una conversación y poder escuchar sobre crímenes horribles, vivir el dolor ajeno, obligarse a no dejar de lado todo lo que no queremos ver y que las víctimas no quedaran solas. Y los perpetradores podían ser ahora fundadores de la nueva sociedad democrática. Así resultó que ellos fueron los primeros interesados en decir la verdad.
En síntesis: cualquier crimen es perdonado menos la falta de arrepentimiento, porque el incapaz de arrepentirse anula su inserción en el mundo común, así como el arrepentimiento lo restituye a la comunidad.
Es el reconocimiento lo que hace posible la reconciliación. Con los delitos de lesa humanidad, todo el sistema queda “deshumanizado” y sólo la reconciliación permite “rehumanizar” el conjunto.
Reflexión: Compatriota, ¿estamos cerca o lejos de llegar a una solución al estilo Sudáfrica?, ¿es imposible esto aquí?, ¿es una utopía? Según mi parecer no es imposible, ¿usted qué opina?
Hilario Bonino
DNI 6.279.900